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¡Oia! me estoy poniendo nerviosa...

Aguafuertes de la escuela

Aquí vemos a la autora sosteniendo una puntita de la enseña patria









Introducción


Siempre me ha tocado en la vida sostener alguna cosa; siendo niña, un pequeño vértice del paño albiceleste, porque aunque era la más pequeña, algún esfuerzo tenía que hacer.
Por esos tiempos creía que algo vinculado con la patria dependía de mí, entonces quería aprender, estudiaba (más bien leía), me preparaba, en suma, para servir a ese futuro que tenía real existencia en un lugar y un tiempo: La Argentina a fin de ese siglo.
El año 2000 se presentaba en el Billiken o en Selecciones Escolares con apariencias concretas y llenas de felicidad: cintas transportadoras de personas en lugar de veredas, automóviles plateados que circulaban a cierta distancia del suelo, alimentos condensados en píldoras con todos los nutrientes imprescindibles para la salud. La vida resultaría relajada y feliz, pero para ello había que esforzarse. No se trataba de una predestinación, sino de una meta que había que construir.
Con el transcurso de los años, el horizonte se achicaba pero yo seguía sosteniendo: posiciones políticas, situaciones familiares, entusiasmos apaleados, discusiones generacionales, presencia de ánimo, apariencias… en fin, casi todo lo que se podía y no se podía sustentar.
Hoy sostengo también una puntita del sistema educativo y lo hago con convicciones casi nulas. Ya no creo. En algunos momentos me he sentido cómplice y no partícipe, secuaz y no compañero, me he advertido depredador en vez de constructor.
Y no sé qué hacer, siento que he caído en una trampa y desde ella escribo…
Quien quiera leer que lea…

20.8.09

¿Qué es esto?

Los jueves son días particularmente pesados para mí. Comienzo a trabajar a las nueve de la mañana, doy cuatro horas en el E.G.B., luego tengo dos horas extra-clase entre el turno de la mañana y el de la tarde, que dedico a atender padres, seleccionar textos o asistir a algún alumno con dificultades de aprendizaje. Inmediatamente, a las trece y treinta comienza el turno de la tarde y con él mi encuentro con octavo tercera; después dos horas libres (les llamamos sandwich) en las que no sé dónde meterme, y luego enfrento finalmente una hora más con segundo Electromecánica. Termino a las cinco y veinte de la tarde convertida en un guiñapo.
Llego a la mañana recién bañada, perfumada y maquillada, pero totalmente dormida y de pésimo humor. A esto debo agregar que apenas comienzo a despabilarme un poco pasadas dos o tres horas, por lo que las clases de este turno son un verdadero suplicio; mi biorritmo me traiciona matinalmente y me arrastro cuadruplicando cualquier esfuerzo.
Al mediodía mi apariencia se ha resquebrajado como si hubieran transcurrido veinte años, que no serán nada en los tangos pero sí en mi cara. Sin ánimo de conmover demasiado, debo reiterar que para inaugurar la tarde, comienzo con octavo tercera. Así es que entre el timbre de entrada de los alumnos y el que suena para los profesores, voy al baño, me lavo la cara con agua bien fría vuelvo a pintarme los labios y me pongo nuevo rimmel, y si he llevado los anteojos, los cambio por las lentes de contacto. La tarea de restauración no puede llevarme más de seis o siete minutos pero debe mantenerse cuatro horas, así que debe realizarse con escrupulosidad y esmero.
Tratando de pensar que he hecho algo por mi reparación, me encamino hacia el pasillo que por momentos me parece un túnel en cuyo final no está la luz. Estas son las ocasiones en que aparecen mis trastornos en la marcha y debo hacer del caminar una acción plenamente conciente, abro ligeramente las piernas y me ordeno levantar la cabeza, mirar al frente, adelantar el pie derecho, luego el izquierdo, y acercarme a una de las paredes, rozándola ligeramente con la mano despojada de libros y carpetas, por las dudas.
Esta rutina de los jueves fue advertida por alguna de mis compañeras y hasta por algún preceptor, testigo de mi presencia en los dos turnos. Al mencionarla y ponerla en evidencia, no tuve más remedio que comenzar a interrogarme acerca de las razones de mi interés en sostener una apariencia, especialmente este día: No hago lo mismo cuando cambio de turno tarde a turno vespertino los días miércoles.
Es cierto que ya en la Escuela Normal me enseñaron que un docente debe presentarse siempre frente a sus alumnos como un ejemplo de pulcritud y también es cierto, que tal vez por eso, es que prefiero llegar tarde a mis actividades antes que mostrarme desarreglada. Pero esto es otra cosa, lo sé. Tiene que ver específicamente con octavo tercera, pero no voy a recurrir a una sesión de terapia para explicarme esta actitud, debo resolverlo por mi cuenta.
Cada jueves, entonces, mientras el pequeño pincelito delinea el contorno de mi boca, me concentraba en la búsqueda solitaria de las razones de la ceremonia, pero en vano.
Hasta que una tarde tuve una discusión con Gadea que insistía en peinarse una y otra vez durante el transcurso de la clase. No podía hacerle entender que no correspondía y mis argumentos en ese sentido se debilitaban a medida que iban abundando. Finalicé, como siempre, perdiendo la paciencia, abandonando la respetuosa e infecunda tarea de convencimiento y ordenándole que dejara ese peine en paz porque podía estar esparciendo piojos por el aula y poniendo en riesgo de contagio a sus compañeros y a mí, que ostentaba el inmaculado blasón de no haber albergado jamás alguno de esos parásitos.
Gadea se enojó; la pediculosis insulta, por lo tanto se sintió injuriado por mí y dispuesto a devolverme el agravio, y mientras balbuceaba algo así como que yo lo había ofendido y que no tenía ningún derecho, súbitamente, como un flash, se me apareció otra imagen de Gadea que en el relato de la profesora de Lengua le decía: “Usted parece un loro”, mientras sus compañeros asentían y reiteraban, “Sí, un loro”.
¡Ahí estaba la madre del borrego! Siempre dispuesta a albergar temores, éste de ser tratada nada menos que de loro, se convertía en un verdadero motor para el acicalamiento previo al ingreso al aula fatídica.
Mientras Gadea exigía que le revisara la cabeza para quitarse de encima el baldón que le había colocado, yo suspiraba de satisfacción por haber resuelto el dilema del obsesivo aliño de los días jueves. El chico siguió protestando durante un largo rato, yo sólo escuchaba frases sueltas como “¡Qué se cree! ¡No tiene derecho a faltarme el respeto así!” “¡Después piden que se los respete a ellos!” y cosas por el estilo.
Decidí que otro día me ocuparía de la reivindicación de Gadea, en ese momento prefería disfrutar del hallazgo.

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Groserías y algo más, mucho más

Inútil es desarrollar acá la descripción de la transformación del lenguaje coloquial que se ha venido registrando en los últimos años y que lentamente ha ido desgranando palabras, perdiéndolas definitivamente, incorporando algunas nuevas, o mejor dicho, viejas, pero con diferente valor semántico, pariendo modismos que se intercalan en las frases como muletillas copiadas seguramente de algún conductor televisivo, cambiando las tradicionales conjugaciones verbales de manera terminante, en suma, convirtiendo al idioma castellano en una lengua muerta, de la que especialmente nuestros adolescentes resucitan no más de trescientas o cuatrocientas locuciones, siendo ampliamente aventajados por cualquier chimpancé de laboratorio frente a una computadora.
Resulta inútil, decía, un mayor comentario al respecto, porque esto lo sabe quien alguna vez salga aunque sea a la vereda, vaya a la panadería, o intente algún trámite en una oficina pública y se enfrente, en tales circunstancias, con algún ser humano menor de treinta años.
Pero lo que sí quiero destacar, es con qué intensidad, el vocabulario grosero se ha instalado definitivamente en casi todos los ámbitos. Uno de ellos es la escuela.

Grosero: adj. Basto, grueso, ordinario y sin arte // Descortés, carente de decoro y de urbanidad. Ú. t. c. s.[9]

Este significado es ampliamente conocido, y tratar de grosero a alguien era, en algún tiempo, in insulto verdaderamente inhabilitante para la continuidad de cualquier relación. En algún tiempo que no es éste, en el que ciertas palabras inciviles son las que estadísticamente más se pronuncian; basta mezclarse en un recreo de cualquier institución escolar, laica o confesional, pre-escolar, secundaria o de E.G.B.; es suficiente también circular por un pasillo de facultad o de instituto terciario o superior, para que resuene en sonido cuadrafónico una inarmónica sucesión de “boludos”, “pelotudos” e “hijos de puta”, que son las expresiones que encabezan el ranking, y cuya variación de significaciones es amplísima denotándose por la tonalidad de la voz y la gestualidad anexa.
Ni mis oídos son núbiles, ni mi léxico es tan decoroso, ni mis emociones son tan castas como podría suponerse después de esta breve y nada científica introducción, pero me produce un verdadero padecimiento, una aflicción difícilmente soportable, permanecer la mayor parte de las horas de mis días en un espacio auditivo tan altamente contaminado de groserías.

Grosería: deriv. de grueso, del latín grôssus, ‘grueso’, ‘abultado, de mucho espesor’.[10]

El origen de esta palabra remite también a su significado opuesto: fino.

Fino, princ. S. XIII. Adjetivo común a las varias lenguas romances, desarrollado por ellas a base del sustantivo fin, en el sentido de ‘lo sumo, lo perfecto’, y después ‘sutil’, etc.[11]

En consecuencia, merezco –ésta es una de las poquísimas cosas de las que estoy segura-, un ambiente más refinado para mi vida, para no exigirme batir algún record de velocidad en el regreso a mi casa, urgida por mi necesidad de silencio, sólo ensamblado por la Segunda de Brahms, por ejemplo, que es lo que estoy escuchando mientras escribo esto.
Pero, ¿cómo hacer entender a mis queridos chicos la agresión que significa la reiteración de palabrejas como esas que están verdaderamente encarnadas a sus incipientes personalidades? ¿Cómo entrenarlos para borrarlas de su vocabulario por el sólo hecho de trasponer los umbrales de la escuela?
Sé que los perros, con un buen adiestramiento, son capaces de aprender cosas mucho más complicadas como encontrar drogas ilegales en los aeropuertos, rastrear personas en catástrofes y situaciones de desastre o llevar mensajes de trinchera a trinchera en medio de un bombardeo aéreo. Sé que los delfines pueden saltar hasta tocar una pelota ubicada en las alturas meramente a cambio de un pescado. Sé que algunos orangutanes pueden comprender frases de contenido no concreto como por ejemplo “te quiero” y expresarlas a través de computadoras o de lenguaje para sordos. Veo con frecuencia “Animal Planet” pero esto no me inspira. No encuentro la manera de limpiar de ciertos sonidos mi lugar de trabajo en el que paso la mayor parte de mi existencia.
Por supuesto, comienzo explicando a mis alumnos lo que acabo de exponer y los exhorto a buscar sinónimos de aquellas palabras, sumándome a esa búsqueda con entusiasmo:
Tonto
Pavo
Estúpido
Badulaque
Mequetrefe
Botarate
Insensato
Memo
Patoso
Pazguato
Bobo
Babieca
Atolondrado...

Y la lista puede prolongarse más y más, pareciera altamente necesario señalar la boludez (Perdón) en el prójimo, por lo tanto, hay que tener a mano una batería verbal que facilite la demostración de que somos mejores.
La otra expresión, la que se refiere a la actividad preponderante de la madre, resulta un poco más complicada para la sinonimia, pero se puede intentar:

Perverso
Malvado
Pérfido
Ruin
Vil
Maléfico
Excecrable
Protervo
Bribón
Réprobo
Miserable
Inicuo

Y el inventario puede seguir porque, a pesar de que mis chicos insisten en ignorarlo, el idioma castellano es uno de los más nutridos de los que aún se hablan.
Mis explicaciones acerca del sentido de la rudeza e inconveniencia de sus palabras favoritas son casi siempre objetadas porque... ¿Cómo van a pensar todas esas cosas antes de hablar? (SIC)
La ejercitación con palabras equivalentes, en cambio, suele divertirles y, a pesar de que recuerdan pocas, se las espetan durante un rato entre risotadas, produciéndose una jarana general que provoca una distensión más que necesaria para que yo pueda proponer un convenio basado fundamentalmente en que intenten que la cabeza sea más rápida que la lengua y que llamen a sus compañeros por sus nombres o apellidos en lugar del universal apelativo terminado en “udo”. Generalmente aceptan con cierto entusiasmo, que les dura poco, porque poca es su convicción y débil la costumbre de sujetarse a un compromiso. Así que cada tanto hay que recordarles la necesidad de una convivencia más refinada, en especial para la protección de la salud de su profesora.
Esta tarea ya estaba realizada en todas las divisiones, y muy especialmente en octavo tercera y octavo segunda, donde la frecuencia de guasadas resulta
ba más alta, cuando hube de enfrentar una situación particularmente difícil en circunstancias en que ya no la esperaba.
Un martes, en la segunda división de octavo año, mis alumnos estaban trabajando con sus mapas y mis apuntes tratando de esquematizar las rutas portuguesa y española en su empresa de expansión ultramarina. Para cumplir las consignas necesitaban reglas, bolígrafos de colores, pegamentos y otros materiales, por lo que resultaba normal que circularan por el aula requiriendo el préstamo de algún elemento. Yo los guiaba dibujando en mi mapa pizarra y acercándome a cada banco para orientarlos más directamente en el trabajo.
En eso estábamos cuando Allende dejó su pupitre en la última fila del lado de la pared y se encaminó en diagonal hacia la primera fila del lado de la ventana donde estaba sentado Ferrari. Cuando ya estaba llegando, Márquez, en la segunda hilera, adelantó su pie y lo hizo tropezar, situación que se produce con cierta asiduidad. Ferrari se rió y Allende estalló. Comenzó a insultar a Márquez con una violencia inusitada y las palabras no eran ni “perverso”, ni “maléfico”, ni “ruin”, ni “bastardo”
_ ¡Enano hijo de puta y la puta madre que te parió! ¡Te voy a cagar a patadas y no me jodas mucho porque te voy a hacer cagar fuego y no necesito agarrarte a la salida!
Mientras esto gritaba totalmente desencajado, Márquez retrocedía con banco y todo porque no había tenido ni tiempo de ponerse de pie, diciendo: ¡no te hice nada! ¡no te hice nada!
Reaccioné como pude avanzando para contenerlo mientras que le exigía que se callara, que no dijera una palabra más. En eso intervino una de sus compañeras con ánimo pacificador diciéndole que Márquez no le había hecho ningún daño, que ella lo había visto todo
_ ¡Vos te callás, gorda puta, puta y reputa, la concha de tu madre.
La situación estaba fuera de control. Allende era sostenido por tres de sus compañeros mientras seguía vociferando. Me puse delante de él y le grité que era suficiente, que terminara la escena y que sería sancionado
_ ¡A mí me hacen tropezar y a mí me sancionan! ¡¿Todos me van a tocar el culo?!
Tenía que sacarlo del salón para evitar un crescendo de esta violencia con la que yo me enfrentaba por primera vez en mi vida escolar y extraescolar.
_ ¡Te vas a preceptoría, contás lo que hiciste y decí que yo pido que te sancionen! ¡Fuera de mi aula!
Salió dando un portazo y siempre insultando mientras yo trataba de reprimir mi furia, mi propia violencia, contra la que siempre tengo el discurso preparado, pero no ese día; en realidad sentía que quería golpear a Allende, agraviarlo hasta doblegarlo, sacarlo de mi clase para siempre, no verlo más.
Traté de controlarme aparentando una serenidad que no tenía, la cabeza me palpitaba, podía percibir una taquicardia y empecé a temer una crisis de ansiedad o ataque de pánico, lo que me obligó, por mí y por mis alumnos a hacerme cargo de que todos habíamos vivido ese penoso y virulento atropello y no sólo yo. Pedí a los chicos que se serenaran y que hicieran el esfuerzo de seguir trabajando. No podían, tenían necesidad de hablar del asunto; en materia de emociones son más sabios que yo. Me contaron que la de Allende era una conducta bastante habitual, que siempre los estaba amenazando y los intimidaba con convocar a sus amigos del barrio para sorprenderlos a la salida si lo delataban en alguna de sus fechorías. Los tranquilicé, les dije que me iba a ocupar del asunto. Lo que no sabía era quién se iba a ocupar de mí.
Cuando terminó la hora fui a pedir sanciones a la preceptora del curso y allí me desayuné que las cosas también han cambiado en cuestiones de disciplina. Las amonestaciones no corren en el E.G.B. y es necesaria la acumulación de “varios” -un número impreciso- de quejas de los profesores con respecto a la conducta de un alumno, para que se lo suspenda. La suspensión debe ser comunicada a los padres con una semana de anticipación y éstos deben concurrir a la escuela para notificarse. Esta suspensión consiste en que el alumno no entre a la escuela por tres, cuatro o cinco días, es decir, lo premian permitiéndole no ir a clases; las inasistencias corren pero como pueden tener casi sesenta (Sí, sesenta) antes de quedar libres...
Concluyendo, diré que me hicieron firmar dentro de un sellito en el dorso del legajo del alumno, que contenía un recuadro establecido por ese sello de no más de ocho centímetros de largo por uno de alto, donde yo debería registrar los motivos por los cuales requería la sanción a Allende.
Siempre ando temiendo conjuraciones astrales en mi contra, esto que me ocurría ahora apoyaba la hipótesis en tal sentido. Algo indefinible y pegajoso se estaba burlando de mí. Confirmé tales sospechas cuando quince días después volví a dirigirle la palabra al chico para que recogiera las cáscaras de las semillas de girasol del piso alfombrado de la sala de audiovisuales, que él había estado comiendo mientras el resto de la clase y yo veíamos un documental sobre la conquista española en el Caribe.
Me desafió negando absolutamente que él hubiera pelado o comido algo, dijo que todos lo perseguían e insistió con la cantinela de que le querían tocar el culo. Volví a pedir sanciones, esta vez a la coordinadora, quien me informó que no se podía, porque el padre estaba de viaje y la madre estaba a punto de parir su décimo hijo, por lo tanto, ninguno estaba en condiciones de notificarse de suspensiones que consiguientemente, no podían aplicarse.
Me dirigí a la profesora-guía del curso. Ella me notificó que el Departamento de Orientación y sus psicólogos se estaban haciendo cargo del “caso”.
A la semana siguiente Allende apareció con la mitad de la cabeza rapada, del Ecuador para abajo. Luego desertó durante dos semanas, tal vez por efecto de las meneadas suspensiones, y cuando reapareció, lo vi pasar por la ventana con la totalidad de la cabeza rasurada, sus cejas también habían desaparecido por obra de la prestobarba, pero no su mirada de Marlon Brando en “Nido de Ratas”, capaz de alejar al más conmovido.
Allende siguió asistiendo a clase hasta el último día, no traía útiles ni carpeta, se dedicaba a tallar el banco, si se lo permitíamos (no es mi caso), o a suspirar ruidosamente manifestando su fastidio. No trabajaba, no hacía sus exámenes, no aceptaba compensatorios, sólo se relacionaba con dos compañeros que se comportaban de similar manera. Intenté hablar con él en muchas ocasiones, y en todas, se acercaba a mi llamado, me miraba de “ese” modo y a continuación giraba en una media vuelta y me abandonaba ostensiblemente. Cumplía esa rutina cada vez que yo me acercaba. Nunca bajó la vista, siempre, en todo momento, de cerca y de lejos, me miraba...
¿Qué tiene que ver esto con la grosería? ¿Qué tiene que ver la grosería con la ira? ¿Qué tiene que ver la ira con la aflicción, con la angustia? ¿Qué tiene que ver la angustia con...?
¿Cómo se enmarañó este relato que me fue llevando desde las refinadas etimologías hasta el dolor de un chico que no permite que lo acompañen con su pena? Yo debiera tener estas respuestas porque ya debería haber aprendido algo de desazón, pesadumbre y tristeza.
No sé si Allende vendrá a rendir las evaluaciones compensatorias de febrero. Yo lo espero.


[9] DICCIONARIO HISPÁNICO UNIVERSAL, Bs. As., W. M. Jackson, Inc. Editores, quinta edición 1957, Tomo primero.
[10] COROMINAS, Joan, Breve Diccionario etimológico de la lengua castellana, Madrid, Ed. Gredos, Tercera edición, 1973, pág. 305.
[11] COROMINAS, Joan, op.cit. pág. 274.

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Un piojo

Las clases de Educación Cívica en noveno quinta suelen tener muy poco de educación y bastante menos de civismo. Cuando se entra a esa aula una tiene la impresión de meterse en el colectivo sesenta, al mediodía, en circunstancias de haberse sorprendido a un carterista o a un pervertido de los que se apoyan en los brazos y otras partes del cuerpo de las señoritas. Siempre hay sensación de poco espacio –aunque el salón es grande y los alumnos no son más de veinticinco- y de enorme agitación. Me han contado de los emocionantes campeonatos de escupidas contra el techo, las pegatinas de chicle en cabelleras más o menos abundantes, las peleas a puño limpio y los insultos como perdigonadas de sal gruesa, que se suceden con relativa frecuencia en este ámbito temido como tren fantasma del Parque Japonés.
Por alguna razón que afortunadamente ignoro, sólo me he enterado de estas intensas actividades por referencias de los mismos alumnos o de los colegas profesores, porque en mi único encuentro semanal de los jueves a las nueve y veinte de la mañana no he tenido que presenciar hazañas como las arriba mencionadas.
Sin embargo, me preservo. Programo trabajos algo complicados y que requieran continuidad. Los espacios de explicación son sintéticos y los debates más que escasos, califico diariamente la entrega de tareas y las técnicas del aula taller son deliberadamente malversadas por esta humilde profesora que semanalmente se enfrenta con el colectivo sesenta y todo su vértigo.
Entre los estudiantes (¿por qué se seguirá usando esta palabra?), hay algunos personajes con los que Dostoievsky se haría un verdadero festín.
Muro, un rubio muy alto de ojos muy claros y sonrisa permanente, se las arregla, sin embargo para filtrar a través de ese gesto de simpatía, las amenazas más aterradoras hacia sus compañeros, tales como: “te voy a romper la trompa a patadas”, “¿Qué mirás? Dejá de mirarme o te saco las tripas afuera con el cutter”. Es igualmente peligroso cuando se erige en defensor de alguien -esta docente, por ejemplo- “Sentate y callate la boca porque te la cierro con un par de manos” “Si la profesora se enoja se pudre todo y vos sabés que no estoy jodiendo”. Lo peor es que debo quedarle agradecida. Porque el anecdotario de esta criatura de diecisiete años y un metro ochenta de estatura, en clases de otras materias es nutrido y espeluznante y probablemente proporcione material para otra de mis aguafuertes.
Suero, una figura silenciosa y rinconera, cuyo pelo crece únicamente hacia arriba, recibe las pullas de sus compañeros cada vez que se somete a una poda -que siempre se nota- y responde con gruñidos verdaderamente estremecedores.
Botta, un chico absolutamente normal, que siempre sabe las respuestas que se le requieren a toda la clase, tiene opinión acerca las cuestiones que se desarrollan y es capaz de relacionar cualquiera de los contenidos con las situaciones de la actualidad nacional o internacional, está enterado e informado y manifiesta un raro estoicismo al escuchar las risotadas de sus compañeros que no pueden menos que burlarse de alguien que construye frases completas y con unidad semántica.
Simone, un morochito de cabeza enrulada, pequeñito y hosco que destina todas las horas de su vida escolar a quejarse de las calificaciones que obtiene que, según él entiende, no merece ni siquiera aproximadamente. Se expresa de manera permanente como una segura víctima de la injusta discriminación que los salvajes e inmundos docentes ejercen sobre él por su oscuro color.
Podría describirlos uno por uno y de todos tendría una caracterización específica que hacer pero me quiero referir especialmente a Falbo Cristian, una verdadera cotorra, una radio que sólo puede apagarse a martillazos, habla y habla y habla y nunca se sabe si está diciendo algo. Mientras perora, camina, desplazándose por toda el aula de banco en banco y a cada uno de sus propietarios le dirige una parrafada que inevitablemente tiene como respuesta: “¡Rajá Falbo, dejate de joder!”
Falbo permanece impermeable a los rechazos porque su conducta se repitió cada uno de los meses del año y, según me cuentan, cada día de la semana y cada hora del día. De este modo resulta verdaderamente in-so-por-ta-ble.
¿Qué hacer con él? ¿Cómo tratarlo de manera educada? ¿Cómo responderle cuando se escucha su voz clamando: “¡Profesora...!” ?Yo personalmente siento ganas de batirme en una retirada definitiva abandonando cualquier bandera, pero me obligo a responder: ¿Qué, Falbo?
En todos los casos dirá algo que no me interese o que me irrite. Difícilmente sus apreciaciones tendrán coherencia temática con la clase del día y frecuentemente reclamará que lo esperen, que él no puede seguir escribiendo porque se le reventó el bolígrafo, o se quebró la punta de su lápiz o se quedó sin hojas. A cada rato se extravía y se retrasa cuando se dicta un apunte y en el momento de borrar el pizarrón para continuar con un cuadro o un gráfico, fatalmente se escucha su remanida voz que grita: ¡Espere! O en su defecto: ¡Pere!
La experiencia me ha enseñado que algunos enemigos son definitivamente imbatibles, sobre todo cuando son inteligentes. Sí, inteligentes, Falbo es muy inteligente. A pesar de su desconcentración e hiperactividad, milagrosamente entiende lo que se explica o se lee, suele estudiar, y sus evaluaciones casi siempre resultan aprobadas. Es lo suficientemente talentoso como para trabajar en condiciones de flagrante revoltijo y sacar algún provecho.
Una mañana, de riguroso invierno, siendo para mí el amanecer argentino, a las 9.30 de la madrugada, y mientras trataba de disipar mi neblina cerebral repartiendo unas hojas para realizar un trabajo y balbuceando las consignas para la tarea del día escucho:
_ Profesora...
Sí, era Falbo, que habiendo abierto su carpeta estaba mirando fijamente la hoja que tenía delante, curiosamente en actitud de absoluta inmovilidad. Mis reflejos condicionados actuaron sin reparar la circunstancia de su inusual parálisis.
_ ¿Qué querés Falbo?
_ ¿Qué es esto, seño? ¿Un piojo?
Retrocedí gritando como si en vez de este minúsculo insecto anopluro, lo que exhibía la hoja de carpeta de Falbo fuera una boa constrictor como las que usaba Tarzán para ejercitar sus tríceps.
_ ¡Qué barbaridad! ¡Lo único que me faltaba! ¡Tener que venir hasta acá a tratar de que aprendan algo y encontrar con que mis alumnos vienen a contaminar con parásitos el ambiente, del que yo también formo parte, y exponerme a que uno de esos bichos inmundos se atreva siquiera a pensar en estacionarse en mi cabeza! ¡No puede ser! ¡No puede ser!
Mientras retrocedía hacia el área próxima a las ventanas, la más alejada de Falbo, su carpeta y su piojo, lamentándome estridentemente, un llamado interior -¿el de la vocación?- me advirtió que debía revertir mi posición e intentar comportarme como una educadora. Amainé lo más rápidamente que pude y comencé una lección de higiene que incluía los riesgos de las parasitosis, la necesidad de controlar definitivamente en los establecimientos escolares a esta pediculosis pertinaz, la recomendación de algunos productos de baja toxicidad, etc. A punto de fanatizarme en una verdadera cruzada y mientras los arengaba con convicción y dulzura a no dejarse estar en esta convivencia indeseada, volvió a escucharse la voz de Falbo.
_ Está bien, profesora, pero con el piojo ¿Qué hago?
Volví por mis fueros y me emputecí.
_ ¡Qué sé yo que hacés con el piojo! ¡No tengo la menor idea de qué tenés que hacer con el piojo! ¡Después de todo el piojo es tuyo! ¡Dejame de jorobar con ese maldito piojo!
_ Bueno, no sé... lo borro
Y tomando la goma refregó al pobre animalito contra la hoja, de ida y de vuelta, cientos de veces hasta que lo fundió con la viruta de caucho sintético haciéndolo desaparecer. Sopló sobre su carpeta, se cruzó de brazos y como si fuera normal en él me dijo:
_ Continúe con la clase profesora.

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El cuadernito de comunicaciones

Lunes 7 de abril

Es probable que sólo yo recuerde la zamba que lleva por nombre la fecha de hoy, y por más profesora de historia que sea, no conozco exactamente el por qué de esa data, creo que la composición es de Andrés Chazarreta y se me ocurre que debe tratarse de alguna efemérides relativa a alguna batalla de las tantas que se han librado en este país de paz y de esperanza. Hace horas que estoy buscando en mi biblioteca, llamé a mi mamá y a dos amigos de esos que saben cosas poco útiles pero la ignorancia está generalizada. Pero voy a usar mi inconsistente asociación con un episodio bélico como supuesto literario, ya que lo que narraré no es más que una zalagarda de poca pólvora y mucha puñalada trapera, pero una batalla al fin.[12]
A las tres de la tarde de esta evocativa fecha (Ya sé, no estoy evocando nada que yo sepa, pero sí algo que ignoro), encontrándonos en la sala de profesores en el primer recreo de la tarde, ingresó la señora coordinadora, portando un delicado cuadernito, forrado en papel verde pino con florcitas blancas y amarillas y una primorosa etiqueta que decía “Cuaderno de comunicaciones – Escuela Nº 81”.
_ Chicas, (promedio de edad de las presentes: 49 años como mínimo... y éramos pocas) tienen que firmar acá.
Así diciendo, abrió esa preciosidad en una de las primeras páginas y señaló un corto escrito que decía más o menos así:[13]

“Se comunica a los señores profesores que a para la semana entrante deberán entregar los resultados de las evaluaciones diagnósticas o iniciales, adjuntando además las pruebas correspondientes a cada curso”.

A continuación seguían los nombres de algunos de nosotros que pertenecemos a esa escuela encolumnados prolijamente al borde del margen izquierdo, esperándose nuestra firma a la derecha.
Siguiendo con mi tradición personal registré mi rúbrica prácticamente sin mirar y otras colegas hicieron lo mismo. La coordinadora sonreía por el éxito de su gestión, mientras nosotras desfilábamos y nos agachábamos frente al florido cuaderno.
Pero, “siempre hay un sordo que arruina el concierto” debió reflexionar la coordinadora mientras escuchaba lo que no quería oír.
_ ¡Esto es una locura! Se exaltó Liliana A. _ ¿En qué momento se nos indicó que tomáramos una prueba diagnóstica?
_Bueno, se supone que al comienzo del año lectivo los docentes evalúan diagnósticamente _ Refutó la representante del personal directivo.
Pero la mecha había sido encendida y los contendientes comenzamos a tomar posiciones para la batalla. Las que estaban sentadas se pusieron de pie en un alistamiento de la infantería, disponiéndose a entrar en acción en cuanto fuera necesario. Las que estábamos paradas nos acercamos al cuadernito poniéndole riguroso sitio y preparando la artillería para tomarlo por asalto en caso de ser necesario. La coordinadora, sabiéndose en desventaja, retrocedió hacia la puerta protegiendo su retaguardia como corresponde a una señora y procurando que nadie pudiera cortarle una previsible retirada.
_ ¿Cómo que hay que entregar todas las pruebas diagnósticas? Yo no las tengo, no las voy a estar acarreando cerca de un mes _ se indignaba Adriana A. mientras levantaba las cejas y hacía descender las comisuras de su boca, arrojando un contundente gesto de asco.
_ ¿Dónde está el proyecto institucional de la escuela 81 en el que se desarrollen las indicaciones para el diagnóstico? -terciaba yo asestando un débil y poco efectivo puñetazo lógico.
Mientras tanto desde un pequeño torreón ideológico, Mariela M. arengaba a las combatientes vociferando acerca de las presiones fascistas del sistema.
_ ¡No entreguemos nada! resonaban los pífanos (o las pífanas) amparándose en el número y en el segundo lugar que en la liza suelen tener las cornetas.
La coordinadora levantaba su escudo con cierta elegancia para detener la andanada de reproches argumentando que ella no era quien comandaba el operativo sino la Señora Directora, que ni siquiera observaba la escena desde las colinas y, por supuesto, estaba sentada preservando su indemnidad como razón de estado, en el despachito de la escuela de origen, seguramente redactando otro comunicado en un cuadernito similar.
_ Es cierto, Alcira no tiene la culpa, dejó oír una de nosotras desde poco más de medio metro del piso. No estaba en una trinchera pero merecía estarlo por su papel de quinta columna, intentando llevarnos a la derrota desde el mismo corazón de la facción anticuaderno. Esa actitud de Elsa F. Era habitual en ella pero no estábamos para analizar sus costumbres de ortiva aficionada.
_ ¡No me conmueve, ni me importa quién tiene la culpa, lo cierto es que todo son exigencias, ninguna directiva razonable y encima a través de un cuadernito! _ dije yo mientras lo sacudía de un ala y lo arrojaba nuevamente sobre la mesa.
_ ¿Por qué no se dejan de joder pidiendo boludeces? –Había comenzado la salva de munición gruesa. Y no voy a mencionar quién disparó la primera petardeada para salvaguardar la dignidad y la cohesión del grupo. Fue Fuenteovejuna.
_ ¿No saben acaso que tenemos montones de cursos y necesitaríamos un changuito del supermercado para acarrear todas las pruebas hasta que ustedes se les antoje?
_ ¿Qué se creen? ¿Qué no tenemos nada que hacer que esperar órdenes ridículas?
_ ¿Para que quieren las pruebas? ¿Piensan hacer un asadito?
Las preguntas como lluvia de flechas apenas eran detenidas por la “pobre” Alcira y su escudo de chapa. La chapa ahora parecía servirle de poco. Mientras su cara se arrebolaba, su voz se mantenía serena, igual que su expresión (mérito para ella). O esta no era su batalla o prefería perder con dignidad.
_ Mi obligación es hacer que se notifiquen de esta directiva. Hagan lo que quieran.
Emprendió la retirada dejándonos con una horrible sensación de haber ganado la batalla, pero no la guerra y mucho menos la paz.
Comenzábamos a silenciarnos y a mirarnos entre nosotras (todas menos una) mientras bufábamos y jadeábamos con ritmo decreciente.[14]
El silencio se iba imponiendo como un atardecer en el campo. No hacíamos comentarios. Nadie estaba redactando el parte; seguramente teníamos la sensación del final de un zafarrancho de combate. Hasta que nuevamente la voz de Liliana A. sugirió:
_ Ya que ese cuaderno grotesco ha quedado en nuestro poder (como trofeo y pendón, agrego yo) ¿Por qué no le respondemos por esa misma vía, que no vamos a darle nada?[15]
Alguien me puso el librillo delante y me alcanzó una lapicera. Sintiéndome Juan José Paso, yo redacté lo mejor que pude algo como lo que sigue:

En la convicción de que no se nos puede reclamar la entrega de resultados de unas pruebas diagnósticas que jamás nos fueron indicadas y que nunca se nos hizo conocer el criterio pedagógico con el que la escuela 81 se desenvuelve en sus actividades educativas, es que no vamos a cumplir los requerimientos expresados en este mismo cuaderno hasta tanto las directivas no sean claras y formuladas con la suficiente antelación.


A continuación firmamos todas menos tres: una que seguía reptando por la trinchera que a estas alturas ya parecía nido de cucaracha, otra que de repente recordó algo importante como que había dejado la leche en el fuego, y la tercera que se retiró sin culebrear pero con premura de bombero voluntario.
Habíamos sufrido algunas bajas, el veinticinco por ciento, pero habíamos podido clavar un pequeño gallardete en un terreno cenagoso pero digno de defender.

El cuaderno quedó solito y maltrecho sobre la mesa de la sala de profesores, las flores de su cubierta se habían marchitado y el saludable color verde pino había perdido su intensidad. Nosotras salimos a dar clase, cada una a su aula y el silencio imperó definitivamente. Jamás volvimos a ver al cuadernito monono. No sabemos qué se hizo de él, le deseamos mejor suerte de la que imaginamos, ya que pocos días después del siete de abril, la Señora Directora sollozaba en el despacho del director[16]. Más que sollozar, hacía un escándalo retorciéndose las manos y preguntando de viva voz por qué la atacábamos así, mientras él miraba hacia el techo con sufriente mirada de mártir cristiano en el circo del gran imperio.[17]



[12] Pido perdón de mil maneras a los folkloristas apasionados, a los memoriosos de la historia argentina, a los músicos y payadores, a los melenudos de poncho y chiripá, a los frecuentadores de peñas y rincones telúricos y prometo firmemente reparar el foramen de mis saberes a la brevedad, ya que no dejaré de investigar en esta cuestión hasta que el cometido esté debidamente cumplimentado.
[13] ¡Último momento! Acaba de llamar mi mamá para decirme que en la banqueta del piano de su casa ha encontrado la partitura de la zamba que intitula mi texto, pero que no hay más datos que una fotografía del mismísimo Chazarreta como portada y una fecha de edición de 1953; agrega que está segura de que la zamba es más antigua que este impreso musical... Sigo sin saber lo que necesito.
[14] Nuevo Flash informativo: Mi amigo Adolfo, sociólogo y folklorista, bombisto de cuerpo y alma, prometió averiguar para mí el dato de la fecha que me inquieta. Espero que no sea demasiado tarde.
[15] Otro sí digo, Sergio, el director de mi equipo de investigación de la facultad, me leyó por teléfono montones de letras de zambas de una antología de folklore que dice tener, y ante el fracaso, me dio el teléfono de Félix Luna para que lo consultara. Me parece francamente un abuso.
[16] Si el lector no entiende esto de la directora y el director, resígnese a la obturación de su mente y vuelva a leer “¡Por fin se pudo fraccionar octavo novena” especialmente la nota al pie con el número 2.
[17] Acabo de poner punto final y la referencia al 7 de abril no ha aparecido pero la intención hermenéutica sigue en pie. Promesas son promesas

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Sala de Profesores

Una de los elementos de la crisis psicológica que me filtró el año pasado es la de una leve anorexia nerviosa y el rechazo que me producen algunos alimentos: lo excesivamente dulce, lo excesivamente salado, lo muy condimentado, lo picante, en definitiva, todo aquello que tenga un sabor intenso o distintivo. El estado nauseoso es casi permanente y todo esto se acompaña con que no me gusta ver comer a los demás, que prefiero no hablar de comidas, no paso ni por la puerta de restaurantes, confiterías o rotiserías y perdón, pero debo dejar de escribir acerca de esto porque se me está instalando una tortuga en la boca del estómago. (¡Que nadie se preocupe! ¡Que no cunda el pánico! Estoy en tratamiento y como poco, pero mi dieta está balanceada y con respecto al quelonio, ya se irá)
Este síntoma es el que menos me ha preocupado porque en casa no hay alimentos que me mortifiquen, no acepto invitaciones a comer y los que me conocen saben que por ahora este tema no se toca. Así es que todo es relativamente sencillo. Puedo tomar café si es bueno y de filtro, cocacola, especialmente la que no tiene azúcar, por supuesto agua mineral y ocasionalmente algún té. (Me parece que estoy sugiriendo que se me puede ofrecer alguna salida que no pase de estos ingredientes; esto en el plano gastronómico solamente, lo demás está todo bien, por lo tanto: ¡Adelante!)
Todo iba sin tropiezos con esta cuestión ya que a la escuela se va a educar, hasta que alguien tuvo la maravillosa idea de recuperar una vieja tradición celebrada hace muchos años en el turno de la noche, consistente en que cada martes un docente por vez llevaba algo “rico” para consumir en el primer recreo. Ni aún en aquella época, en la que supuestamente tenía el cacumen más aceitado, entendía el sentido del ritual. La actividad en el turno vespertino comenzaba a las siete de la tarde, el primer recreo sobrevenía a las veinte y veinte y a esa hora, atiborrarse de masitas de confitería o tortas de chocolate me parecía un verdadero desatino ya que no era ni merienda ni cena, y solamente se contaba con poco más de diez minutos para esa deglución.
Ahora la circunstancia era parangonable, la actividad del turno tarde comienza a las trece y treinta y el timbre del primer recreo toca a las catorce cincuenta. Este horario no es de almuerzo ni de merienda, y el lapso para la ingesta golosa también es de escasos doce minutos.
Todo esto está dicho sin tener en cuenta lo que aprendí cuando era una nena leyendo un semanario de historietas que se llamaba “Gatito” y cuyo personaje principal, obviamente un gato parlante, supuesto director del impreso y muy astuto, aconsejaba a sus amigos que no comieran cuando desarrollaban tareas en la redacción de la publicación ya que “el trabajo digestivo disminuye la función intelectual”. Este argumento que describía luego desde el punto de vista fisiológico, (La revista era educativa como podrán apreciar) fue tomado por mí al pie de la letra por el resto de mi vida. Esta es la advertencia que formulo a mis alumnos cada vez que los veo en el salón de clase despacharse alfajores triples o tal vez una especie de trigo inflado de olor repugnante, o pellizcar sandwiches de salame que guardan en el bolsillo de la campera, o simplemente masticar chicle con ritmo hipnótico.
Aquella revelación de “Gatito” fue para mí el undécimo mandamiento, teniendo en cuenta que en aquellos tiempos también “iba al catecismo” con unas monjas italianas a las que sólo yo les entendía, especialmente cuando clamaban al cielo, casi al borde del desmayo, si les preguntaba por el significado del sexto.
También en aquellas clases de doctrina religiosa adquirí el concepto de pecado relacionado íntimamente con el castigo infernal y repasé una y otra vez los siete capitales, pasando necesariamente por el de la gula. En casa había un ejemplar de la Comedia de Dante ilustrado por Doré y si bien el castigo para los tragones no me parecía demasiado terrible, eso de pasarse la eternidad soportando unas lluvias y granizos que al contacto con la tierra se convierten en pestilencias repugnantes, no era para mí, y tal vez debería seleccionar entre los otros pecados para que mi residencia en el abismo –si es que eso llegara a ocurrir- fuera más doliente pero menos pedestre y ordinaria.
Pero retornando al apetito de mis colegas docentes debo decir que, si bien nunca logran acordar unánimemente para cuestiones como paros, medidas de protesta, recursos pedagógicos o actitudes frente a los alumnos, frente a la comilona marciana hubo alianza instantánea. Coincidencia absoluta no pudo registrarse porque estaba yo. No me opuse de viva voz, pero manifesté mis reparos con algunos sarcasmos que afortunadamente no recuerdo, y, cuando ignorándome como corresponde a todo detractor empedernido, comenzaron a confeccionar la lista de turnos, me retiré con la atención puesta en un llamado que no existía, pero a juzgar por mi apresuramiento, se trataba por lo menos de la Academia sueca.
Durante el resto de la semana olvidé el episodio, pero el siguiente martes, en el fatídico primer recreo, registré los preparativos en la presencia de pequeñas servilletas de papel con el logotipo de una confitería de las adyacencias.
Elsa P. entró sosteniendo sobre sus dos palmas, como ofrenda a algún dios pagano, una bandeja de cartón con pastelitos de dulce y pequeñas porciones de pasta frola. Los docentes que rodeaban la mesa profirieron una sensual exclamación y estiraron sus manitas, que me parecieron todas regordetas, hacia la fuente de todos los placeres. Me retiré en silencio y con sonrisa perdonavidas.
Una vez en pasillo me di cuenta que estaba absolutamente sola y que no había un lugar en el que pudiera restañar mi cabeza de una clase para la otra. Comencé a castigarme por mi antipática actitud, reprochándome con insistencia el retorcimiento del marote, el airecito de superioridad que asumo en situaciones que no sé manejar y la incapacidad de tolerar las diferencias, aún cuando predico diariamente en ese sentido; en fin, me sancioné y sentencié a la mortificación. Pedí un café en la cocina que inmediatamente me propinó una eficaz acidez de estómago.
Volví al aula con la preocupación de volver a enfrentar la comilona la semana siguiente y me propuse ignorarla. Pero el hombre propone... (No vuelvo a hablar de cuestiones religiosas porque me las voy a terminar creyendo).
El próximo martes me desafié a permanecer en la antedicha sala docente sin pronunciar palabra alguna y fui derrotada.
_ ¿Cuándo se van a decidir a alimentar el espíritu?
Así comencé a la vez que observaba húmedas migas de budín hamburgués y enchocolatados dientes mostrándose sin pudor alguno. Ni siguiera recibí muchas miradas. Insistí, poniéndome verdaderamente pesada:
_ ¿Hasta cuándo sigue la instalación de la Carpa Blanca?
Seguramente no me respondían porque son personas educadas y saben que no es de buenos modales hablar con la boca llena. El nuevo y solitario rumor de masticaciones y suspiros, comenzó a alejarme del lugar del hecho. Cuando empezó el detalle de la receta me retiré, esta vez al baño, a mojarme las muñecas y las sienes.
Cierto martes, día previo a una anunciada huelga docente, se declaró la ampliación del ayuno a todos los maestros del país para acompañar moralmente a los que hacía más de un año se relevaban en la imponente carpa blanca. Preparé el más sofisticado instrumental óptico para examinar con actitud científica la respuesta que mis colegas iban a dar a la invitación del sindicato.
Llegué temprano a la escuela, antes de la una y ya fue suficiente para sorprender a una profesora de matemática hincar el diente de chaflán (los de adelante deben ser falsificados) al estribor de un enorme sandwich de milanesa recién comprado en el buffet. Como esta compañera (¿compañera?) no es santo de mi devoción, me resultó imposible sofrenar mi recordatorio al día de ayuno.
_ Estoy despierta y con nada en el estómago desde las seis de la mañana.- me contestó como si realmente me estuviera dando una respuesta.
Comencé entonces por reparar en cierta giba de grasa que detentaba en la espalda, justo debajo del cuello, y no pude menos que homenajear a los pundonorosos y esforzados camellos tan entregados a su misión profesional. Pensé en continuar con alguna insistencia con la cuestión central de mi día pero la fricción de sus piezas dentarias triturando el citado emparedado me hizo retroceder casi hasta el playón de estacionamiento.
Calculé mentalmente el tiempo de la ingestión de la profesora antes de reingresar a la sala de profesores al menos para registrar mi firma en la planilla de asistencia.
Estuve las dos primeras horas de clase con una importante inquietud acerca de cuál debería ser mi actuación en el recreo de marras si aparecía algún alimento sólido sobre la mesa. _Estas mujeres son capaces de traer licuado de banana con leche para no romper la tradición_ pensé, mientras me reprochaba tanta preocupación al respecto.
Sonó el timbre. Las palpitaciones se condensaron en el medio de mi pecho, recogí lentamente mis útiles del escritorio, dejé salir hasta el último de los alumnos antes de encarar el regreso a la sala de mis intrigas, por el larguísimo pasillo, y finalmente, con un ligero aturdimiento me dirigí con el paso más firme posible a enfrentar la hora de la verdad.
Al doblar frente a la Regencia, me pareció que no registraba la habitual algarabía. Me detuve para precisar la percepción. No alcanzaba a escuchar lo que estaban diciendo, pero las tonalidades eran de encendida desaprobación. Mi corazón rebotó de alegría; ¡Sí! Cierto esclarecimiento había sobrevenido; si la jornada era de pasiva protesta, ellas la estaban acatando. Dispuesta a la más incondicional reconciliación, ingresé sin dudarlo. La mesa estaba vacía y mis sospechas se habrían confirmado si no hubiera alcanzado a diferenciar la voz de Alcira diciendo:
_ ¡Qué viva! A Marita se le ocurre faltar justo cuando le tocaba a ella traer la comida.
Enmudecí. Esa vez creí que sería para siempre.

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La señora directora

No ignoro que me he referido a esta dama en diversos momentos de estas Aguafuertes. Pero quiero aclarar que cada vez que la he mencionado sólo he podido describir una mínima porción de todo lo que es posible expresar acerca de ella. El personaje me fascina de modo tal que la “otra” señora directora, la de la “otra escuela”, ha quedado absolutamente relegada en estas pinceladas. De todos modos le aconsejaría no ilusionarse demasiado porque ya va a aparecer. Sus méritos tiene.
No sé si lo he relatado antes, pero yo me he criado en una escuela, y con mi “señora directora”: mamá. Esta circunstancia me ha permitido desempeñarme sin temores, o con algunos más o menos reconocidos, frente a la autoridad de las instituciones educativas en las que ha transcurrido mi vida entera. Esta expresión de ninguna manera configura una metáfora. En el pequeño pueblo donde vivíamos, a la señora directora, se le asignaba una casa en el mismo edificio de la escuela, de modo tal que aun sin ingresar a primer grado ya moraba en una, y luego de los cuatro años y medio, (en Gral. O’Brien no había jardín de infantes) sólo bastaba atravesar un pequeño patio delantero para establecerme en el aula. Completé el nivel universitario, y durante y después, trabajé como docente, así que no exagero ni simbolizo nada cuando digo que he sido institucionalizada desde el nacimiento.
Jamás aspiré a ningún cargo directivo porque sabía de la frecuente soledad en la que se suele trabajar. Si los subordinados se acercan demasiado, pueden aparecer como obsecuentes, si la autoridad se acerca demasiado, puede perder ese atributo. Si los maestros quieren estimular el compañerismo, lo mejor es oponerse de modo más o menos sistemático al director, considerarlo autoritario o por el contrario, un incapaz. Siempre es complicado evaluarlo justamente. El elogio es un riesgo de sumisión y docilidad, la reprobación o el reparo puede significar enfrentamientos. Casi nunca hay una situación intermedia. La oposición al poder puede ser una tentación irresistible para algunas personalidades y la sumisión absoluta es casi un deber para otras. Lo cierto es que siempre supe que ser la “señora directora”, al menos para mí, era correr el riesgo perder el sosiego indispensable para la alegría del trabajo y el compañerismo. (¿De qué estaré hablando?)
Estas reflexiones me han permitido intentar -sólo intentar y no siempre lograrlo- poder relacionarme con los directivos de una manera más o menos equilibrada. Esta “señora” no me lo permite. En todo los casos se las ingenia para que el equilibrio sea un valor de última jerarquía y moviliza mis peores sarcasmos y mis mejores inseguridades; también mis mayores esfuerzos para entender lo que dice, para evitar desmayarme y/o agarrarla del cogote (debí decir tomarla del cuello, pero no me salió) y para permanecer en el lugar donde nos encontremos.
La primera vez que nos vimos fue en ocasión de la reunión de presentación que se hizo a principios del año 1997, con la articulación recién establecida.[18] Estaba en una punta de la mesa situada al frente de la sala de audiovisuales y reflejaba una humildad que me conmovió al punto de resolver dejarla en paz, apuntándole todas los cañones de mis interrogantes a “la otra”, que ostentaba cierta soberbia y posición para doblegar a posibles retobados. El ambiente era bastante más que tibio, los ánimos estaban “calentitos los panchos”[19]. En ese momento yo no lo sabía, pero faltaban pocos días para mi colapso nervioso, así que me hice un festín de críticas acervas, preguntas retóricas y causticidades varias, sin ningún remordimiento.
Ella estaba vestida con una blusa de mangas tres cuartos, casi al codo, y el pelo largo recogido hacia atrás con una coleta. Varias veces se disculpó por ser una recién llegada en la escuela que dirigía, por estar apenas designada en su cargo y se manifestó dispuesta a superar todas las dificultades a fuerza de una enorme voluntad, requiriendo de nosotros un equivalente espíritu de colaboración. No logró conmoverme, pero al menos me tranquilizó su aparente ausencia de espíritu combativo (Aquí mi papá diría “¡Ah, maula!”). Cuando alguna pregunta la inquietaba delegaba la respuesta en la vice-directora, quien se mostraba más solvente y segura. El protagonismo no era suyo, ella lo sabía, y mientras tanto, “la otra”, intentaba sentar sus reales desde el primer momento, alertando, haciendo que nos pusiéramos en guardia, con ella no se jugaba, esto nos tenía que quedar claro desde el primer instante.
Pasé todo un período lectivo en el congelador de una carpeta médica y al regresar en el año 1998, allí estaba ella, recorriendo las aulas donde se realizaban los compensatorios preguntando:
_ ¿Qué están dando acá?
_Historia
_ ¡Ay! ¡Pobreciiitos!
Esto es lo que a mí me tocó. A otros profesores les decía que no podían hacer repetir a un alumno por “¡Ciencias Sociales!” mientras meneaba la cabeza como frente a un desatino. A María Celia, profesora de Lengua, le observó que el dictado que había tomado era muy difícil. “¡Ni yo podría hacerlo bien!”. ¡Pesado el tiempo en febrero! ¡Insoportable!
Comenzadas las clases recorría las aulas que albergaban los alumnos de su escuela en nuestra escuela, contándolos y recontándolos, anotándolos y tachándolos, a veces con ayuda de alguna secretaria y otras ella solita. Andando en esos menesteres, me daba tiempo para mirarla con detenimiento y durante algún tiempo se convirtió en objeto de mi estudio más sesudo.
Hacía años que no veía zapatos como los que sus pies calzaban. Se trata de unos escotados, con punta levemente redondeada, muy anchos, de algún tono marrón, con taco bajo; la presencia de ese taco impedía que se convirtieran en “chatitas” como las que usábamos en la adolescencia de los Sesenta. Una falda con flores se advertía debajo de su guardapolvo. Este uniforme concentraba toda mi atención y gracias a ella me dediqué a analizar la prenda en cada maestra que veía por la calle.
Llevo muchos años alejada de la escuela primaria, pero cuando yo trabajaba allí, usábamos unos blancos de acrocel, prendidos adelante, con martingala por detrás y bolsillos cuadrados, y las únicas variaciones posibles se establecían entre la prendedura derecha o cruzada. Las más mariconas, generalmente las asistentes educacionales, podían agregar alguna alforza. Para los actos patrios, las que tenían más de veinticinco años de docencia portaban sus medallas de oro y las demás sólo nos arreglábamos mejor, con pintura de labios o peinado más esmerado.
Esta Señora directora usa un delantal con canesú bordeado de puntilla de broderie, desde donde parte en frunce intenso, imitando tablas, una falda de interesante vuelo que remata con un regio voladito en el ruedo. La prendedura es en la espalda y el cuello es redondo, volcado en dos tapas también rematadas en blonda, creo que se llama “cuello baby”.
Gracias a ella he reparado en otras maestras y las he visto marsupializadas con grandes bolsillos abdominales y volados, cuadros y cuadritos que abandonan en la historia el clásico blanco cruzado o derecho.
Por supuesto, no entiendo. Creo que no están más lindas, sino más pavas y también supongo que los chicos tienen la misma visión, a juzgar por el trato que les confieren. Si yo tuviera ese irrespetuoso sueldo no gastaría en bolillo. Compraría el más austero, al mismo tiempo que exigiría que me provean del uniforme de trabajo hasta convertir el que llevare en harapos.
Miro a la Señora deslizarse por el pasillo con las mangas de su hábito enrolladas hasta bien avanzado el antebrazo y no puedo dejar de visualizar una especie de nena vieja que jamás me proporcionará nada serio ni importante.
Pienso en mi mamá, mi señora directora, tan hermosa, con sus anteojos de carey y guardapolvo de hilo almidonado, su pelo castaño, corto y con cada mechón en su lugar, zapatos negros de taco alto, siempre recién lustrados, medias con costura como dibujada con regla, caminando firmemente, el mentón hacia delante y una expresión, en la cara y la mirada, de estar conteniendo ideas, proyectos, decisiones; tan joven y segura ante tantas responsabilidades, y no puedo evitar lamentarme por una educación que se acabó.
Volver a la actual señora directora después de este melancólico último párrafo, es poco menos que un desperdicio, pero no reconozco ninguna utilidad a estas aguafuertes que escribo, más que las de expresar lo que se me da la gana, sin diplomacias, ni formalidades, evitando deliberadamente la vía jerárquica tan cara a la burocracia educativa.
Allá vamos: esta dama siempre intenta sonreír, y le sale tan mal que parece que se escuchara el ruido de alguna grúa hidráulica izando los músculos faciales correspondientes; es lo que se llama un esfuerzo inútil. Es evidente que sufre, que está disgustada, resentida, irritada, malhumorada. Por momentos parece un sordo que trata de disimular el defecto de audición, concentrándose en hablar y responder a lo que no se le pregunta, sólo por si acaso. Muchas veces he sentido que ella emite en FM y yo en AM. Nos odia, somos sus hijos no deseados, quisiera poder abandonarnos en algún umbral recoleto, confinarnos en un apartado distrito para que nos alimenten los monos o los lobos, no, mejor que nos coman, nos despedacen, nos desgarren entre sus poderosas fauces mientras bramamos de dolor. Nos mira como si tuviera estos sueños y pudiera convertirlos en realidad sólo con el poder de su mente. Nosotros, los profesores, somos sus cuervos que, si ella está atenta, jamás le sacaremos los ojos. En esta intención sobrelleva la estrategia basada en el principio de que la mejor defensa es el ataque y hostiga con sus armitas: cuadernos, planillas, proyectos y planificaciones, comunicaciones, plazos, recomendaciones... formas, formas y formas. Pincha, punza, pica, empuja, adelanta su pie cuadrado para provocar nuestros tropiezos, escupe y sonríe con los dientes apretados. Cuando se cansa, desaparece por un tiempo para que nos relajemos, se queda en su escuela, no viene ni cuando se la necesita, se desentiende de todo y le pasa la posta a la señora Regente de nuestra escuela que deplora asumir una responsabilidad que no le compete pero que la reemplaza bastante bien.
No tenemos destino.
Las dejo en paz a ambas.


[18] No voy a volver a explicar esta cuestión de la articulación. En alguna parte de estas páginas ya lo he desarrollado. Discúlpenme, pero arréglense como puedan.
[19] Esta refinadísima expresión es permanentemente usada por mi sobrino Luciano y se me pega. La dejo como tributo a su especial manejo de la jerga callejera que tanto me ayuda para expresar algunas inefables cuestiones. (¿Contradicción?)

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Cambio de horario

Dedico los días lunes a mis actividades en la Facultad. Por las mañanas doy cinco horas de clase y por las tardes, estudio, corrijo y preparo trabajos prácticos y trato de darle continuidad a mis tareas de investigación. El esfuerzo es grande para un cargo con dedicación simple y dos comisiones a cargo en cada cuatrimestre con más de cincuenta alumnos en cada una. Así es que interrumpir, volar a la escuela, dar dos horas de clase de Educación Cívica y volver a retomar la otra actividad, es por lo menos incómodo, poco práctico y resulta en una limitación de la concentración y rendimiento.
Pero cambiar horarios en una escuela como la que me desvela es más difícil que acertar la lotería sin jugar. Hace años que intento explicar cuánto tiempo y dinero se ahorraría si se pidiera la disponibilidad horaria a cada docente, se cargaran esos datos en una computadora con el programa adecuado y se sincronizaran las entradas y salidas como las ondas verdes de los semáforos. Pero no hay caso; para algunos, esas máquinas todavía son objeto de culto y no de uso. Las clases de Informática se dan en las aulas con los alumnos copiando letras del pizarrón y ejercitándose sobre un teclado fotocopiado. Los nunca bien ponderados módulos instruccionales para el Perfeccionamiento Docente en la Provincia de Buenos Aires, daban explicaciones para confeccionar una computadora DE CARTÓN. Y no es que la escuela no cuente con computadoras, hay una sala de Informática, para mostrarle a los inspectores y a las visitas importantes, porque si los alumnos la usan, esa preciosidad dejaría de serlo. Cada vez que algún atrevido lleva una división a manipularlas, media escuela tiembla conteniendo el aliento, y la otra media espera que efectivamente la experiencia convierta ese lugar en un verdadero puré.
Con fidelidad hacia mí misma y debida coherencia con un estilo que me destaca, otra vez me fui al demonio.
Retomo. Muy pocos están conformes con sus horarios, lo que indicaría según la lógica más elemental, que cambiarlos es posible. Ya debiera haber aprendido el lector, que lógica y sistema educativo con cada uno de sus subsistemas, son dos paralelas que no se tocan ni en el infinito.
Apenas comenzado el año, la profesora de lengua pidió licencia en 8º 9º, y designaron para reemplazarla una maestra que, por las tardes sólo venía por esas horas y cuatro más de 8º 2º. Cambiarme a mí los lunes por los miércoles era una verdadera paparrucha, ella concentraba horas, venía un día menos y yo me sacaba de encima ese grano de Educación Cívica emergiendo entre mis apuntes y carpetas de la facultad. La consulté y le hice la propuesta; le encantó, así es que nos dirigimos a avisarle del trueque a la Coordinadora, pero no estaba. Entonces, para darle más celeridad a tamaño asunto, le comunicamos la novedad a la Sra. Regente quien tomó debida nota y avaló que comenzáramos ese mismo día.
Con la satisfacción de haber disparado un tiro para el lado de la justicia, festejé con Silvia, mi nueva compañera, compartiendo un café en el segundo recreo y me olvidé del asunto.
Pero no me percaté de que una viene a este mundo a sufrir, que una viene a esta escuela a penar y que por nada del mundo es posible la ligereza y la naturalidad cuando se trata de cambiar un nombre por otro en un cartoncito verde o celeste.
Así es que en la actitud de una muchacha irresponsable, alocada e inconsciente circulé durante tres semanas por los pasillos del templo ignorando que fuerzas subterráneas comenzaban a hacer temblar los cimientos de la educación argentina.
Cierta tarde, yendo para el baño[20], pasando frente a la puerta de la Dirección[21], fui literalmente chistada por nuestro lord mayor, debiendo abandonar mis espurios proyectos y concurrir a otro más urgente llamado.
_ Profesora, quiero comunicarle que puede quedarse tranquila, que su pedido de cambio de horario ha sido finalmente consentido.
¡Y yo que nunca me había intranquilizado con ese tema! ¿Cómo iba a hacer ahora para cumplir con la consigna del director?
_ ¡Hace más de tres semanas que cambié el horario con Silvia C.!
_ Bueno, podrá ser, pero la Señora Directora no lo había autorizado y no quería hacerlo porque nadie la había consultado al respecto. De tal modo que este director de espaldas anchas se hizo cargo de la situación y estuvo todo el tiempo tratando de convencerla.
Solté una irrespetuosa carcajada que sorprendió a mi interlocutor para nada favorablemente. Todavía no logro arrepentirme. En los últimos tiempos el respeto no ocupa el mismo escalón que antes en mis consideraciones, ha descendido mucho, cada vez lo veo más pequeñito.
_ Se lo agradezco mucho_ contesté tratando de reponerme de las sacudidas que me remitían a mi camino previo al chistido _pero no me esperaba esta derivación de semejante pavada.
_ Ninguna pavada, buen tiempo y esfuerzo me llevó convencer a la Señora de que este era un procedimiento relativamente habitual cuando se ponían de acuerdo dos profesoras.
Noté que se había irritado un poquito; a pesar de sus intenciones en contrario, lo unían a la Señora Directora ciertos lazos corporativos, y lo que yo consideraba una nimiedad era para ese sector ni más ni menos que un recorte de poder de alguna dimensión, que no por pequeña, dejaba de ser una mengua en el ejercicio de un cargo en el que se concentra tanta autoridad y albedrío.
Me despedí reiterando mi falluto agradecimiento y retomé mi itinerario anterior mientras lo imaginaba haciendo una virgulilla en un casillero titulado “Mileo” en el borde superior e “idas al baño” en el lateral izquierdo.

[20] Mi tía Ethel siempre dice que hasta la mujer más espiritual tiene aparato digestivo. Disculpen ustedes.

[21] El baño del personal femenino está ubicado de modo tal que tanto el Director como el Vice-Director se enteren permanentemente de quiénes tienen alguna urgencia fisiológica y con qué frecuencia. De este modo el control puede ejercerse de manera más que eficaz, para alegría y eterno reconocimiento de la sociedad toda.

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Principio de incendio

_ ¡Acá hay olor a quemado!_ Fue lo primero que dije ni bien traspuse la puerta de la escuela.
_ ¡Acá hay olor a quemado!_ Repetí mientras avanzaba por el hall de entrada.
_ ¡Acá hay olor a quemado!_ Afirmé frente a la puerta de la cocina esperando que alguien me dijera que un repasador se había prendido fuego por accidente; pero en lugar de esto escuché:
_ Es el humo de cigarrillos que viene de la sala de profesores_
_ ¡No! ¡Yo tengo buen olfato! ¡Es olor a plástico, a cable quemado! Y mientras Alberto, uno de los porteros sacudía la cabeza perdonándome la exaltación, un muchacho acalorado, con los ojos rojos, bajaba la escalera reclamando a los gritos un matafuego cargado.
_ ¡Se encendió la instalación del techo de la salita de exposiciones!
Ese lugar, al no ser un aula, tiene alfombra de material sintético y techo de placas de aglomerado que pretenden darle cierto aislamiento acústico. Está lleno de maquetas de cartón hechas por los alumnos de construcciones y, como una verdadera rareza, cortinas de tela.
No tuve tiempo de aterrarme porque la Sra. Regente, haciendo alarde de supina serenidad nos invitó a permanecer adentro de la Sala de Profesores, cerrando a continuación la puerta correspondiente; y, caminando como flamenco a la hora de la siesta, se dirigió a la entrada para impedir cualquier escapada de los alumnos.
¡Qué no contaran conmigo para ningún sofoco! ¡Yo no iba a permanecer ahí adentro! Además, a estas alturas ya estaba segura de mi nula condición de heroína.
Mirta y Lina y yo salimos al pasillo a tiempo para escuchar a la Sra. Regente indicar a algunos preceptores que debían hacer ingresar alumnos que estaban en la vereda (no podían perderse el incendio) e impedir que los que ya estaban en las aulas se filtraran hacia afuera beneficiados por la confusión. A pesar de sus esfuerzos, y en la convicción de que en situaciones críticas no hay que interferir con quien da las órdenes, pudimos salir a la calle a presenciar como los chicos se negaban a entrar (¡…Y todavía descreemos de su inteligencia!) y se reían estruendosamente de las pretensiones de la autoridad.
_ ¡Adentro! ¡Adentro! ¡No se pueden quedar aquí! ¡No corresponde que estén en la calle en horario de clase!_ Esto lo decía mientras nos dirigía encendidas (con perdón) miradas de reproche por habernos puesto a salvo.
La llegada de los bomberos marcó un intervalo en su encendida (nuevamente con perdón) arenga. El jefe de la cuadrilla entró para verificar la situación y comenzó a pedirnos que nos retiráramos hacia la vereda de enfrente.
Y aquí comenzó un pericón con dos bastoneros.
_ ¡Adentro! ¡Adentro!_ insistía la Regente
Y algunos chicos, obedeciendo a las risotadas, se movían de sur a norte
_ ¡Afuera! ¡Afuera!_ Decía el grandote uniformado
Y el movimiento humano era de norte a sur.
El baile duró unos minutos sin que lograra encenderse (¡ups! Disculpen) el espíritu de colaboración. Por las ventanas del primer piso se asomaba un humo gris no demasiado denso y desde el camión de los bomberos no se evidenciaba el más mínimo desenrosque de manguera.
Las oleadas de los chicos se acentuaban… si yo hubiera tenido unos años menos me hubiera sumado al ir y venir que parecía muy divertido, porque ya no necesitaban indicaciones, le habían tomado el ritmo al baile y lo hacían muy bien.
Mauro, uno de mis favoritos de 1º 6º, con elegante campera camuflada y ambas manos en el bolsillo, se acercó para reflexionar conmigo acerca de la situación.
_ ¡Acá no hacen nada bien! ¡No pueden ni organizar un incendio!_
Efectivamente, en un ratito más, salió el grandote de casco verde y botas negras y con un mero movimiento de cabeza hizo que encendieran (¡Ay!) el motor y se fueron tan lentamente como habían llegado.
Hubo aplausos y algunas nubes de papelitos picados. Ahora todos entraban de buena gana, tenían mil comentarios que hacer. Todos, menos yo. Ese sería un día más en el que me preguntaría qué estaba haciendo ahí.
En la Regencia atendían al alumno estrella, que tosía luego de su frenética carrera por los pasillos sacudiendo matafuegos hasta dar con el que permitió sofocar el humilde incendio que se había iniciado en un cablerío del techo.
Después me enteré que esa corrida fue hecha a pesar de quienes intentaban detenerlo, aún en la circunstancia de subirse a una silla para apuntar hacia el techo con el tubo del extintor. Él actuaba mientras se le informaba que no estaba permitido que los estudiantes manipularan los elementos de seguridad.
Lo que he contado es rigurosamente verdadero. Ya sé, no lo parece.
¡Ufa!

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La carpeta de Ciencias sociales

Quien nunca oyó hablar de un Plan de Compensación Continua puede empezar a considerar que la mitad de su vida está vacía a juzgar por todo lo que a nosotros, los sufridos docentes de la E.G.B., nos llena.
En el siempre caluroso mes de noviembre, persistentemente agitado por viento norte, permanentemente asaltado por sorpresivas lluvias, concurrido como ninguno por tormentas eléctricas, también aparecen como rigores climáticos nuestras señoras directoras y señoras coordinadoras, portando increíbles bandos y proclamas, como heraldos de la tierra tenebrosa.
Una de esas preciosidades resultó ser la indicación de utilizar una grilla que llevaba por título Plan de Compensación Continua. Tan sugerente epígrafe estaba seguido de unas columnas correspondientes al nombre del alumno, las expectativas de logro no alcanzadas, las actividades a realizar, la evaluación de esas actividades y la calificación final.
Apenas recibida la guardé en mi enmarañada carpeta al mismo tiempo que decidía que jamás la iba a llenar.
La actividad llamada "compensatoria" por los sabios de la tribu debe realizarse durante todo el año y puede consistir en tareas de investigación, pequeños informes monográficos, presentaciones especiales vinculadas con los temas que el alumno no supo, no pudo o no quiso estudiar en su momento, o, lo que es más preciso, con las expectativas que no logró (¿?).
Todo este dislate está sostenido afiebradamente por nuestras señoras directoras, especialmente por una de ellas que no nombro pero que seguramente el lector ya sabe cuál es.
Tamaño picaneo me lleva sobre el fin del año a inventar alguna cosa que no sea las antes nombradas, para no tener que leer páginas y páginas de Encarta[22] impresas en monísimos papeles de colores con efectos varios del archivo Word Art[23] portados por alumnos orgullosos de trabajos que nunca hicieron, paridos por la sabiduría de una máquina y que ellos no están en condiciones de leer sin balbucear.
No tengo paciencia para lecciones orales en las que se me informa que "los mapas más comunes son el verde, marrón y azul que se usan para submarinos. El celeste para agua, el marrón para tierra y montañas y el verde para pasto" (SIC Mauricio 7º "E").
Tampoco soporto con entereza ni sobriedad, las respuestas a cuestionarios que son meras "pescas" de "cachos de texto" que "pegan más o menos" con las preguntas.
De modo que no tengo más remedio que fraguar un especial interés por las carpetas completas y prolijas, requiriéndolas como actividad compensatoria. Se me ocurre hacer esto en noviembre por si algún padre se ataca porque su hijito está siendo hiperaplazado y la familia va a tener que acortar las vacaciones. Entonces puedo exhibir el visado de una carpeta de clase como una actividad de compensación.
Como ya he dicho en otro lado soy profesora de Ciencias Sociales en 7º año del E.G.B., materia que incluye contenidos de Geografía, Historia y algo parecido a Educación Cívica.
El martes 16 de noviembre, día de mi cumpleaños, fue considerado por mí como astralmente propicio para tomar examen escrito de historia de la Grecia antigua en el mencionado 7º E y al mismo tiempo controlar los cuadernos de actividades.
Di las consignas, repartí fotocopias con actividades evaluativas y me senté a requerir, por riguroso orden alfabético las dichosas carpetas.
ACEVEDO, Nahuel Eduardo, pasó a duras penas porque no contabilicé puntaje para heterografía[24] o grafía sui generis, pero había completado mal o bien sus trabajos y un cierto orden pugnaba por aparecer.
AGUILERA, Leandro Matías estaba distraído, o tal vez no y asumía ese aire debido a su miopía y por lo que sea no respondió a mi llamado.
_ ¡Aguilera! _ Levanté la voz _ ¡Traeme tu carpeta de Ciencias Sociales!
Sus pequeños ojos seguían esforzándose para que su vista lograra atravesar una personal neblina, pero él no se levantaba.
_ Aguilera, por favor _ me dulcifiqué _ ¿Te molestaría alcanzarme tu carpeta de Ciencias Sociales?
Sin responder hizo una torsión de columna hacia la derecha, bajó la cabeza y comenzó a batir el contenido de una mochila situada sobre el respaldo de su banco con evidente intención de sondeo.
Elevé mi mirada al cielo como una Dolorosa y esperé...
Mientras tanto, el resto de la clase procuraba sacar provecho de la inquietante escena, tratando de copiarse sin saber qué, de qué o de quién.
Al fin, el escarbado cesó y apareció una carpeta tamaño carta forrada en papel barrilete color azul. La abrí y me encontré con un enorme dibujo de Homero Simpson ocupando toda la superficie de la primera página. Al pie, con letra insegura y pequeña rezaba: Siensias Sosiales (Sic)
Inmediatamente comencé a reprender a la parte de mí misma que se disparó hacia las posibles relaciones entre ese antiestético personaje televisivo y la ciencia que infructuosamente trato de transmitir. Me combatí con intensidad durante algunos segundos y tal vez pensando en mi cumpleaños, me dejé ganar y desistí de vínculos aviesos.
Decidí voltear esa hoja que supuse oficiaba de carátula y me encontré con una página en blanco. En la siguiente Pokémon y Picachu, a continuación, otra sin escribir, luego Dragon Ball, otra vacía y uno de los Power Rangers, intercalándose con páginas mudas seguían todos sus compañeros.
Como es de imaginar, no esperé a encontrarme con las tortugas ninja y le grité al joven Aguilera.
_ ¿Esta es tu carpeta de Ciencias Sociales?
Aguilera volvió a intentar despertar de su sopor oftálmico y respondió:
_ Sí profesora.
_ ¡Pero está llena de dibujos y no hay una sola hoja escrita!
_ Claro, lo que pasa es que como en todo el año no dimos nada de Ciencias sociales, la aproveché para copiar los dibujitos.
Me visualicé a mi misma inclinándome hacia atrás con los pies a veinte centímetros del piso, el cuerpo rígido, los brazos pegados al cuerpo, los puños apretados y por encima de mi cabeza una especie de nubecita encerrando la interjección ¡PLOP!
Pero esto no termina aquí.
_ ¿Quién soy yo, Aguilera? ¡Decime quién soy yo!
_ Usted es Mileo_ respondió atildadamente como si con esa contestación obtuviera el doctorado en Astrofísica.
_ ¡Muy bien! _ exageré _ ¡Muy bien!_ Y estuviste conmigo desde marzo ¿verdad?
_ Sí
_ Y estamos en noviembre ¿No?
_ Sí
_ Y nos vimos todos los martes y todos los viernes ¿Cierto?
_ Sí
_ ¿A qué vine dos veces por semana durante nueve meses? _ Vociferé con desesperación.
Aguilera iba a seguir contestando como si esta fuera una evaluación oral, sin extrañarse, con la certeza que tienen los alumnos de que los profesores somos unos viejos chiflados y que decimos y hacemos cosas que no hay por qué entender...
No lo dejé hablar y seguí gritando que yo le había corregido trabajos y que por lo menos tenía que tener sus exámenes escritos y que todo el mundo tenía carpeta de Ciencias Sociales, que recordaba haberle elogiado unos dibujos de la esfinge de Gizeh y una planta del palacio de Cnosos...
_ ¡Ah! ¡Eso está en la carpeta de historia! y usted no es la profesora de historia, usted es de Ciencias Sociales
_ Te agradezco tu información querido _dije descendiendo de mi vuelo circular por el aula y posándome delicadamente sobre mi asiento... Te faltaría hacerme acordar a qué vine yo dos veces a la semana si no daba clases de Ciencias Sociales _ ironicé queriendo vengarme y confundirlo.
Pero no lo logré. Sereno como un Buda levantó las cejas, achicó un poco más sus ojos, y mientras se sostenía la cabeza con la mano izquierda dijo:
_ A hablar con nosotros
_ ¿De qué?
_ De que teníamos que portarnos bien y estudiar
_ ¿Vos me hiciste caso?
_ Sí
_ Bueno, ya que hoy me explicaste tantas cosas, recordame ahora por dónde se sale del aula así te dejo en paz
Ahora se extrañó un poquito, solo un poquito, miró a sus compañeros y lentamente levantó el índice y señaló la puerta.
Tomé mi agenda, mi borrador y mis tizas, enrollé el mapa del Imperio de Alejandro, me colgué la cartera del hombro y me fui.
El timbre para el recreo sonó cuando yo ya estaba en el auto.
El siguiente viernes aproveché para pedirle a Aguilera su carpeta de historia, luego la de geografía y más tarde la de Educación Cívica y no le contesté cuando me preguntó si quería también la de Ciencias Sociales, no fuera cuestión de tener que abandonar nuevamente la clase.




[22] Enciclopedia multimedia demasiado difundida que los padres compran a sus pequeños para que la computadora los reemplace en eso de ayudarlos a "hacer los deberes"
(23)Programa que permite colocar títulos y carteles que resultan una superflua preciosidad
[24] Creo que acabo de inventar esta palabra. Creo digo, porque a lo mejor existe, no sé si por algún frecuentador de cuadernos escolares como yo.

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Vísperas del paro

Los maestros siempre ganaron poco; pero, también, no sé qué quieren con lo poco que trabajan: apenas cuatro horas por día, tienen tres o cuatro meses de vacaciones, receso de invierno y un régimen de licencias que les permite faltar cuando se les da la gana.
Estoy hasta las orejas de contradecir esta argumentación ya casi mitológica, pero debo hacerlo una vez más, sin la intención de convencer a nadie porque ya se sabe que casi nada puede hacerse contra los mitos fundantes de la injusticia, sobre todo cuando los difunden intereses con los que por hoy no me voy a meter. De cualquier modo debo decir (lo que sigue puedo pronunciarlo sin respirar, en estado de coma o con la cabeza dentro de un balde, porque hace casi veinte años que lo repito sin variaciones) que ya casi no quedan maestros que trabajen en un solo turno, que los que lo hacen es porque tienen otras actividades laborales además de la docencia, que los profesores damos entre ocho y diez horas de clase, diarias atendiendo en algunos casos hasta cuatrocientos alumnos al año para poder obtener una remuneración que nos permita vivir satisfaciendo alguna necesidad, que las vacaciones sólo son tales en el mes de enero, quedando en disponibilidad para lo que las autoridades gusten mandar en los demás días de receso, que los compensatorios y exámenes de diciembre se extienden hasta los últimos días del mes y los de marzo conservan el nombre pero comienzan tempranamente en febrero y que para todas estas actividades hay que presentar proyectos, planificaciones, planillas y planillitas, que durante el año escolar debemos corregir montones de evaluaciones, y carpetas y que esto insume cada vez más esfuerzo a medida que los alumnos inventan variaciones múltiples de la lengua castellana y de la caligrafía tradicional. Se agrega que venimos soportando un formidable e irrespetuoso apaleo de reformas no demasiado sensatas, que no tienen en cuenta la condición humana de los docentes, a los que se le exigen virtudes olímpicas como sapiencia sin par, resistencia física de fakir, sistema nervioso rigurosamente vigilado, capacidad de asistencia y contención social rayanos en la santidad, simpatía, pulcritud, perspicacia detectivesca al momento de pesquisar el autor de un robo de compás o de un banco destrozado, garganta con cuerdas vocales de acero templado para hacernos oír aún en griteríos dignos de circo romano, agilidad de felino para transitar los pasillos escolares gambeteando adolescentes que se patean, empujan, portan la cabeza del compañero bajo el brazo, se escupen, se arrojan con latas de gaseosas abolladas y no tanto. “¿Qué quieren de mí?” decía Isabel Sarli cuando hombres rudos y transpirados la miraban babeándose dentro de un camión frigorífico. “¿Qué quieren de nosotros?” preguntamos los maestros reptando hacia el cumplimiento del deber mientras autoridades, padres y fuerzas vivas en general nos acusan sistemáticamente de flojos, quejosos, privilegiados, malcriados, abusones, calzonazos, mariquitas, ineptos, desvergonzados, petulantes, delirantes, trastornados, mala gente... No sigo, pero hay más.
Pertenezco a una escuela que ahora depende de la Provincia de Buenos Aires, pero esto no siempre fue así
Un buen día, tras un largo, monótono, pero relativamente prolijo viaje dentro de la órbita nacional, desembarcamos en las riberas del Estado Provincial y tuvimos que adentrarnos, con la mayor celeridad, pero con alguna incertidumbre, en nuevos planes y programas. En historia, abandonamos nuestros viejos amigos egipcios, fenicios, griegos y persas para encontrarnos, sin "preparar nuestro corazón" con mayas, aztecas, incas, huarpes y querandíes. En Geografía cambiamos de continentes con la velocidad de la luz. En Educación Cívica, la provincia que nos recibía nos impuso la necesidad de su mejor conocimiento y para completar el cuadro de desorientación, nos sorprende nada menos que ¡una reforma constitucional!
Y tuvimos perfeccionamientos docentes, que afrontamos con estoicismo, tal vez comprendiendo mal y poco esta búsqueda de la "perfección". Tras ello, sin demasiado tiempo para reaccionar, recibimos una nueva capacitación a lo largo de ocho puntuales módulos instruccionales que estudiamos, no sin ansiedad, que comentamos en madrugadoras jornadas de sábado y que asimilamos con la obediencia propia de una regla monacal.
En la seguridad, -como nos han enseñado nuestros mayores-, de que todo sacrificio brinda sus frutos, seguimos adelante mientras recordamos como ecos magistrales: "persevera y triunfarás", "se recoge lo que se siembra", "al que madruga Dios lo ayuda" y otras lindezas que aseguraron nuestra formación. Y como de formación se trata, la nueva madre nos amenazó con tirarnos
por la ventana si no participábamos de los abundantes cursos de la Red Provincial de Capacitación para “reciclarnos” (SIC) y permitirnos ser más adecuados a los tiempos. Así comenzamos a perseguir “puntos” y “créditos” en circuitos “pedagógicos” en donde nos ofrecían vidriecitos de colores y otros vistosos abalorios a cambio de nuestro tiempo, que como todo el mundo sabe, es oro. Esta afirmación tiene poco de metafórico, porque los puntajes y acreditaciones no se concretaron y sólo tenemos entre nuestras temblorosas manos unos certificados precarios y provisorios que no sabemos si se convertirán en alguna cosa que podamos agradecer. Las nuevas autoridades nos señalaron el camino... Hablando de camino, ahora que seguramente somos mejores, con tanto y necesario estudio, con tanta capacitación, estaremos en condiciones de capear los actuales temporales y el sistema educativo nos cobijará con la alegría que significa retener en su seno a aquellos que manifestamos vocación, agilidad, esfuerzo, dedicación, desinterés y alguna otra virtud que por modestia no menciono. Tal vez deberíamos pagar por permanecer, en vez de pretender que nuestros salarios crezcan en función de los esfuerzos que nos han exigido y que aún nos reclaman en las más variadas direcciones.
De mañeros nomás, sostenemos nuestras reivindicaciones, plasmadas en la formidable y única carpa blanca, y como esto pareciera no ser suficiente, cada tanto se plantea la necesidad de una suspensión de actividades. Para algunos, las luchas sindicales no son para señoras, elemento mayoritario en el gremio al que pertenezco. De tal modo, aún en Sala de profesores se producen interesantes silencios en las vísperas del paro.
_ ¿Qué vamos a hacer mañana?_ Preguntó Pepa
_ ¿Por qué mi preguntás a mí, si sabés que siempre hago los paros? _ rugió Marta _ Preguntales a los que en este mismo momento se están haciendo los osos y mirando para otro lado.
Efectivamente, siempre somos las mismas. En una época nos autodenominábamos “el grupo de los ocho”; en pocos años configuramos un triunvirato, y, por supuesto, el “día anterior” no hablábamos, sólo nos mirábamos con resignación. Transcurridos algunos nuevos apaleos e instalada la Carpa Blanca, el número de huelguistas aumentó un poco.
Los osos estaban al borde de la tortícolis, pero a mí no me resultaba cómoda la asociación con esos simpáticos plantígrados, se me imponía la imagen vacuna por sobre cualquier otra asimilación zoológica, no porque no me caigan bien las vacas, sino porque algunos de mis pares habían adoptado una mirada vacía dirigida a través de la ventana, rumiando un chicle, una galletita o alfajor, sin dudas esperando que llegara el camión jaula. Ignoro qué fatalidad genética los obligaba a concentrarse frente a las ventanas y observar el afuera, mientras Marta seguía gritando que las que parábamos éramos las boludas de siempre. Mariela, también enojada, y echando humo (de cigarrillo) por las orejas, pataleaba y peroraba contra el sistema capitalista, la economía de la posmodernidad y el modelo propiciado por nuestros gobernantes que requiere mano de obra barata e ignorante.
Sentí la necesidad de acompañarlas, aún sabiendo que lo que yo dijera sería escuchado con una sola oreja por la manada bovina que se amontonaba frente a los cristales.
_ ¡Tanto temor al descuento y no se dan cuenta que las luchas tienen un costo! Si el próximo mes cobro menos comeré papas, creo que valen cuarenta y cinco centavos el kilo. Nadie va a morirse de hambre por un día menos de este miserable salario.
Nadie recogía el guante; ni siquiera hablaban entre ellos. Mis queridos vacas[25] sorbían café. Como siempre, nos retiramos mientras Pepa balbuceaba que habría que tomar una resolución de conjunto como se hacía en la otra escuela en la que ella trabajaba. Al momento de trasponer la puerta, pude percibir por el rabillo del ojo izquierdo que lentamente las reses regresaban a sus lugares alrededor de la mesa mientras las molestas moscas de verano salíamos del corral.
Una vez frente a la cocina y con clara conciencia de nuestra marginalidad, Marta, Mariela, Pepa y yo cumplimentamos el ritual del despliegue anecdótico habitual:
_ Hay profesores que averiguan quienes hacen el paro para adelantar horas e irse más temprano a su casa.
_ Otros, en cambio, les dicen a los alumnos que no van a venir, así son los alumnos los que faltan y no ellos
_ Claro, firman y se van
_ Si yo fuera el director o la Directora los obligaría a cumplir horario.
_ Yo les dije a los alumnos que tenían que venir y molestar bastante para obligarlos a trabajar.
Cuando ya habíamos soltado la carcajada, pasó el Ingeniero Saavedra, taconeando como siempre y entró a la Sala de profesores diciendo:
_ Bueno, listo, ya está, les acabo de decir a los chicos de 2º Electro que si mañana llegan a entrar les tomo examen, así vengo tempranito, firmo y vuelvo corriendo a casa para meterme en la cama otra vez.
Mientras los compañeros festejaban la “salida” del Ingeniero, Marta reflexionaba
_ Jornadas de lucha eran las de antes
Nos reímos por no llorar.

[25] No hay error de concordancia entre adjetivo y sustantivo. Lo que ocurre es que entre los colegas hay también integrantes del sexo masculino que en este caso no pueden ser calificados de machos y menos aún de toros. La palabra toro se asocia con lidia, con bravura, con arremetida y no es éste el caso en las presentes circunstancias.

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