¿Encontrarán algún disfrute los que curioseen este Blog?
¿Tendrá alguna utilidad?
¿Será entretenido?
¡Oia! me estoy poniendo nerviosa...

Aguafuertes de la escuela

Aquí vemos a la autora sosteniendo una puntita de la enseña patria









Introducción


Siempre me ha tocado en la vida sostener alguna cosa; siendo niña, un pequeño vértice del paño albiceleste, porque aunque era la más pequeña, algún esfuerzo tenía que hacer.
Por esos tiempos creía que algo vinculado con la patria dependía de mí, entonces quería aprender, estudiaba (más bien leía), me preparaba, en suma, para servir a ese futuro que tenía real existencia en un lugar y un tiempo: La Argentina a fin de ese siglo.
El año 2000 se presentaba en el Billiken o en Selecciones Escolares con apariencias concretas y llenas de felicidad: cintas transportadoras de personas en lugar de veredas, automóviles plateados que circulaban a cierta distancia del suelo, alimentos condensados en píldoras con todos los nutrientes imprescindibles para la salud. La vida resultaría relajada y feliz, pero para ello había que esforzarse. No se trataba de una predestinación, sino de una meta que había que construir.
Con el transcurso de los años, el horizonte se achicaba pero yo seguía sosteniendo: posiciones políticas, situaciones familiares, entusiasmos apaleados, discusiones generacionales, presencia de ánimo, apariencias… en fin, casi todo lo que se podía y no se podía sustentar.
Hoy sostengo también una puntita del sistema educativo y lo hago con convicciones casi nulas. Ya no creo. En algunos momentos me he sentido cómplice y no partícipe, secuaz y no compañero, me he advertido depredador en vez de constructor.
Y no sé qué hacer, siento que he caído en una trampa y desde ella escribo…
Quien quiera leer que lea…

20.8.09

Compensatorios de febrero

Jueves 17 de febrero de 1998

El año pasado no trabajé, pero de todos modos tengo que hacer las evaluaciones compensatorias de los alumnos de mis cursos de octavo año, que en mi ausencia tuvieron un profesor suplente. Por lo tanto no sé qué temas dieron, con qué enfoque, qué estilo de trabajo de aula desarrollaron, en fin... Ignoro con qué me voy a encontrar.
Son las 7.45 de la mañana y me siento bastante mal, al doblar hacia el pasillo que va a las aulas me mareo y mis trastornos en la marcha se acentúan. La consigna es no hacerme demasiados problemas y lograr que este mecanismo compensatorio resulte lo más aceitado posible.
Entro al aula que corresponde a octavo séptima; cinco alumnos, tres mujeres y dos varones, me reciben con las bocas abiertas. Les explico que la circunstancia de mi titularidad me obliga a ser su evaluadora. Las mandíbulas siguen colgando y comienzo a percibir alguno que otro hilo de saliva. Decido que no debo plantear la prueba que traje preparada.
Apenas puedo mantenerme en la silla. No sólo me duelen el cuello, la espalda y la cabeza, también me arden. ¡Cambio de planes!
_ ¿Qué estudiaron para hoy?
Los cinco responden al unísono y alcanzo a darme cuenta de que todos dan respuestas diferentes. Decodifico en un alarde de oído fino y nutrida concentración:
Alumno 1:
_ Mi abuela me hizo un apunte
Alumno 2:
_ Yo vine a hablar con el profesor para saber qué me iba a tomar
Alumna 3:
_ Los sustratos ecológicos
Alumna 4:
_ ¿Qué? ¿Había que estudiar?
Alumna 5:
_ El primer examen.
Observo que nadie me orienta con respecto a la actividad que tengo que desarrollar, la única alumna que respondió de manera concreta (alumna 3) parece ignorar que se trata de una evaluación de historia. Mis hombros se elevan hasta tocar mis orejas, (No es indiferencia, es contractura), y allí se quedan el resto del día.
Insisto en la necesidad de no mortificarme.
_ Bueno, en una hoja escriban su nombre, la división y a continuación comiencen a desarrollar el tema que más sepan.
Esta frase fue articulada en tonalidad de maestra jardinera y emitida por una boca que dibujaba una dulce sonrisa. Sin embargo, los escucho responder nuevamente a coro, pero éste de tonalidad unánime
_ ¡¡Eeeh!!
Repito la consigna de manera idéntica, como si fuera una grabación de la Telefónica. Otra vez el coro
_ ¡¡Aah!!
Ahora sí comienzan a revolver en unas carpetas que parecen bollos hechos para practicar algún deporte precario en algún correccional del tercer mundo. Una alumna ceceosa me pregunta:
_ Profezora, la hoja, ¿tiene que zer en blanco?
No entiendo: Interrogante I: ¿Tendrá hojas de otro color y creerá que no puede usarlas?
Interrogante II: ¿Pretenderá escribir en papel impreso?
Interrogante III: ¿Necesitará ahorrar y querrá aprovechar las usadas y escribir entre líneas?
A punto de desarrollar más cuestiones, determino que no puedo resolver este dilema y elijo contestar sin pensar.
_ Sí.
Nueva interrupción, esta vez de uno de los varones:
_ ¿Pongo la dirección de mi casa o la de mi abuela, que es donde estoy viviendo ahora?
Percibo una situación similar a la que se produce cuando a una le soplan un asusta-suegra[1] en el oído.
_ ¿Por qué querés anotar la dirección, querido?
_ Porque usted dijo que escribiéramos el nombre y la dirección.
_ ¡No hijo! ¡La división! ¡La división!
Me mareo, me estoy mareando...
_ ¿Puedo escribir sobre la invención del fuego?
_ Siempre que ubiques esto en el contexto histórico correspondiente...
_ ¡¿Quéé?!
_ Claro, quiero decir que analices la importancia del fuego en desarrollo histórico...
_ ¡¿Quéé!?
_ Hija, si escribís que se inventó el fuego y no lo relacionás con nada te aplazo.
_ ¿Cómo que no lo relaciono con nada?
_ Escribí lo que quieras.
Hay demasiado ruido en esta comunicación. No los entiendo, ni me entienden. Una campana de las que cubrían los sandwiches en los viejos bares me preserva la cabeza. Vuelvo a sentarme, preparo otra silla para apoyar los pies, saco de la cartera Los doce Césares de Suetonio y me dispongo a trasladarme a la gloriosa Roma.
Transcurre un corto tiempo de silencio que aprecio y agradezco a la conjunción astral que debe haberlo propiciado. César y sus comentadas relaciones con Nicomedes y el adulterio de Pompeya seducida por Clodio absorben mi atención durante unos angélicos y sedantes minutos. Pero la suerte de César está echada.
_ Profezora, si te equivocaz, ¿Podez tachar?
_ Sí, yo sí.
La chica demoró unos instantes en mirarme con expresión de vívido espanto, y, en consecuencia, no se atrevió a volver a interrogarme.
No estoy haciendo bien las cosas, lo sé, pero la campana de vidrio está teniendo un efecto altamente satisfactorio y puedo volver a Suetonio sin reparar en los cinco pares de ojos clavados en mí.
Puedo empezar con otro emperador, ahora sigue el divino Augusto.

[1] Trátase de un adminículo muy usual en los carnavales de mi juventud, consistente en un tubito de cartón que al ser soplado por uno de sus extremos, emite un ruido ramplón, a la vez que, por efecto del aire que se insufla, desenrosca un papel con flecos en la punta opuesta, produciendo en nuestra cara, orejas, o cuello unas cosquillas un tanto húmedas y dudosamente divertidas.

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